La frustración es una emoción que responde a momentos en los cuales las personas no hemos obtenido aquello que deseábamos de la vida, de otros o, inclusive, de nosotros mismos. Esta emoción ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes y marca una pauta de los limites que poseemos. La visión de la frustración como problema y no como emoción ha sido constante en distintos medios; sin embargo, el problema de la misma no radica en sentirla sino en no tolerarla.

El no tolerar la frustración podemos definirlo como intolerancia ante la frustración en donde mensajes como: «no soporto», «no aguanto» «ya no puedo» nos inundan y nos llevan a abandonar tareas, actividades y relaciones en las que vivimos distintos aspectos que no son lo que esperábamos. La frustración es una emoción que, sin el afán de romantizarla, nos permite visualizar los límites que poseemos en cuanto al control externo e interno; lo importante ante la misma es integrar recursos que nos permitan tolerar y poder generar cambios en aquello que se encuentra bajo nuestro control.

En consulta, es común escuchar dentro del discurso de los consultantes que la frustración está siendo el problema nuclear de su infelicidad o infortunio. Ante esto, es importante promover la concientización sobre la base en la cual se está depositando la frustración, la cual radica en pensamientos inflexibles y esquemas rígidos de poder obtener aquello deseado.

La frustración, aunque no es el problema, puede fungir como nutriente de emociones perturbadoras y no sanas para el individuo como la depresión, ansiedad, enojo y culpa, entre otras; sobretodo, en momentos donde la misma no es soportada por la persona. Es importante que creamos fielmente en las capacidades personales y podamos iniciar a aceptar aquellos aspectos que no se dan como deseábamos. Esta emoción, al igual que otras, tiene una temporalidad y tolerarla puede marcar el primer paso para trabajar en ella.

Una hipótesis personal referente al marco de la frustración es que la misma se ha visto como una emoción amenazante para la salud mental dado que hoy en día contamos con un espacio en donde el periodo de latencia entre el estímulo y la respuesta es casi nulo. Un ejemplo de esto es la tecnología, pues la misma nos provee de recursos ilimitados a los cuales podemos acceder en lapsos cortos. Asimismo, se ha delimitado que el sufrimiento «debería» ser ajeno a la existencia humana, algo que no es real, ni congruente dado que al no obtener lo deseado este podría detornarse. Es importante considerar que lo que algo evitable es el «sufrimiento de más» dado cuando las personas nos perturbamos ante el malestar que podemos sentir en la adversidad. Esto último puede evitarse trabajando en la generación de una auténtica aceptación de la posibilidad de sentir malestar, por más incómodo que este sea y «darnos cuenta» que el mismo es tolerable. Sé que esto último es fácil decirlo, pero difícil de aplicar, pues hemos generado esquemas y constructos en donde el «sentirnos bien» ha tomado un rol central en lo que hemos creído que es un pleno estado de bienestar.

En suma, el problema de la frustración se basa en no aceptarla ni tolerarla; por lo que podríamos concluir que la emoción no es el problema, sino la actitud que tenemos ante la misma. El aceptar no implica estar de acuerdo o dejarnos a la deriva como seres que no podemos generar cambios; sino tomar una actitud más estoica en donde podamos delimitar aquello que se encuentra bajo nuestro control y distinguirlo de aquello que no lo está con el objetivo de poder propiciar los cambios factibles, aceptando las limitantes que puedan existir.

Marckus Rivera

 

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